Luz de Myotanh Vázquez Canales

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@Luz_Vazca

Nací en un pueblo cercano a Orihuela, llamado Callosa del Segura, una casi ciudad rodeada por el río Segura. Toda mi familia pertenece a esta región. La mayoría no se consideran de la Comunidad Valenciana, a pesar de vivir en la provincia de Alicante. Se llaman República Independiente de la Vega Baja porque es una zona frontera entre Murcia y Alicante. Con 2 o 3 años me mudé a Valencia porque mi padre era neuropsiquiatra en el Hospital General de Valencia. Me eduqué durante mis primeros años de vida en colegios de élite y posteriormente mi madre nos cambió a la escuela pública donde aprendí a convivir con todo tipo de gente y poblaciones. Fue un cambio muy importante en mi vida y me marcó tanto que no sería la persona que soy hoy sino hubiera vivido todo eso.

La frase de “quiero ser médico” creo que siempre la he tenido en mi boca por la influencia de mi padre. Finalmente estando en el instituto fue cuando decidí que quería ser galeno. Muchos colegas de mi padre me recomendaban hacer otra carrera por la dificultad de los estudios y por su sacrificio. Nunca hice caso y seguí adelante con mi sueño de ser médico. Al llegar a la facultad la vida me dio UNA bofetada porque ya no eres el mejor de tu clase; eres uno más entre mucha gente buena. Pasé la facultad en un estado permanente de confusión en el que no entendí la mayor parte de cosas ni tampoco su aplicabilidad en mi futuro profesional. Tampoco nos enseñaron la ética, la moral, la parte más antropológica de esta profesión. Así que los años fueron pasando hasta que me fui a la Universidad Libre de Bruselas en quinto año de medicina. Era un sistema mucho más avanzado que el español. No había exámenes test sino casos clínicos, en las prácticas eras como un residente, a pesar de ser estudiante. Fue un año muy gratificante. Al volver llegó la decisión de hacer el MIR y la especialidad. Solamente tenía dos opciones en mi lista: medicina de familia y psiquiatría. Siempre quise ser psiquiatra porque la medicina de familia no sabía lo que era. Mi único contacto con esta especialidad siempre había sido como paciente, nunca como estudiante de medicina.

Al inicio de la especialidad, R1, fue un año durísimo. Aprendí y desaprendí porque entonces el programa formativo solo incluía dos meses de primaria durante el primer año. Así que básicamente todo el primer año fue hospitalario y en las urgencias. Después de cada guardia llegaba a casa desecha, algunos días llorando, otros desamparada y otros incluso con mutismo de veinticuatro horas. En algunas de esas guardias sufrí el abuso de las “autoridades médicas” de los servicios de urgencias hasta incluso humillaciones que mi padre me motivó a denunciar en la Comisión de Docencia que me costó amenazadas y enemistarme con algunos adjuntos del hospital. No fue fácil y cada día que pasaba me lo quería dejar. Mi familia me apoyó y fue la que
me impulsó seguir hacia delante.

Desde que empecé el hospital me frustró mucho como persona y como profesional así que intenté salirme de esos círculos y tuve contacto con la Sociedad Valenciana de Medicina Familia y Comunitaria que fue mi máximo motor para inspirarme y a ir sabiendo lo que quería hacer.

R3 fue un gran año porque tuve el primer contacto con la primaria (pediatría, Planificacion, rotatorio rural…). Tuve un flechazo con la primaria y me enamoré de esta especialidad. Mi plan siempre había sido hacer psiquiatría al acabar medicina de familia, pero desde aquel año solo quiero ser médico de familia. Las razones fueron mi tutora, el contacto con blogs de ciertos autores No gracias, equipo Cesca, Raúl Calvo, Pacap, los libros Juan Gérvas y Mercedes Pérez, Rafa Bravo, Sergio Minué… Toda esta gente me han ayudado a seguir como médico de familia y a no querer ser otra cosa. Gracias a estas lecturas encontré mi sitio.

Desde hace un año dejé de ser vocal de residentes. Una de las cosas de las que más orgullosa me siento es de haber sido participe, junto con otros compañeros, de las primeras jornadas de residentes y primer congreso autonómico en el año 2016 sin humos industriales. Y desde entonces esta es la tendencia que queremos seguir y la que hemos estado siguiendo.

El verano de 2017 mi vida dio un gran giro. Acabo la especialidad de medicina de familia y de repente entro a formar parte de la liga de los JMF. Ese término lo voy a llevar como una losa durante los próximos 5 años de mi vida profesional. Una definición de este colectivo, con la que me siento muy identificada, aparece en un artículo de AMF en marzo de 2017 “El relevo generacional de la medicina de familia” y lo definen como ” […] la simplificación en una clasificación infantilizante (en un marco en el que el valor edad funciona como metonimia de otros aspectos positivos)”. La vida te cambia cuando eres JMF. Pasas de tener una ficticia estabilidad laboral a una precariedad e incertidumbre de no saber en qué centro de salud vas a estar mañana; A ser una mujer pegada a un teléfono esperando que el coordinador o la dirección de atención primaria de una departamento te llame las 7.30h. de la mañana para que pases consulta esa misma mañana a las 8:00h; A firmar más de 15 contratos en un mes; A no saber cuál es tu salario a final de mes; A tener que contar si te han pagado todos los días; A no saber si vas a tener vacaciones; A que aunque hayas trabajado todas las semanas solamente has cotizado 100 días porque ni lo fines de semana ni los festivos te los pagan; A que abran la bolsa (que sigue cerrada); A que salgan oposiciones, que no aprobarás porque se presentan 3000 personas para 200 plazas y como no tienes experiencia no tendrás tu plaza hasta dentro de 10 años… Y un largo suma y sigue.

Los médicos veteranos cuando me intentan animar siempre me dicen “Cuando acabamos nosotros estábamos mucho peor”. Ciertamente esta frase no es de gran consuelo pero al menos tienes un rayo de esperanza de que las cosas van cambiando, pero muy poco a poco.

Actualmente mi situación ha cambiado y estoy con un contrato de guardias en una zona semirural de Castellón. Un pueblo de 5000 habitantes con su pedanías y playas colindantes que se llama Almenara. Quizás esta es la luz que todo JMF aspira hasta que nos llamen de esa bolsa hermética para una vacante. La Atención Continuada, para la mayoría de los JMF, es un periodo transitorio. Sabemos que estaremos unos años y que la vacante llagará en algún momento. Pero también sabemos, como comentaba recientemente en una conversación con mi amigo Javier Ramírez, “La inmediatez es, en ocasiones, el lado oscuro de la accesibilidad, siendo la accesibilidad una de las características de la AP”. En mi humilde opinión gozo de una estabilidad laboral pero con unas condiciones precarias.

A pesar de mis quejas y mis reclamos por una Atención Primaria de calidad, me gustar por encima de cualquier especialidad y lucho por ella todos los días. Uno de mis últimos proyectos en los que me he metido, junto con otros médicos jóvenes de atención primaria, es hacer una decálogo por la Atención Primaria. De momento estamos con la redacción del manifiesto, pero nuestra intención es que esto llegue a las autoridades autonómicas. No sé si servirá de algo pero esta joven idealista tiene ganas de que las cosas cambien. De lo contrario siempre tendremos abiertas las puertas de Suecia, Reino Unido o Francia donde parece que se está yendo todo el mundo porque las cosas si que parecen funcionar.

En cuanto a mis placeres me encanta la lectura crítica y la política. Los idiomas, hablo inglés, francés, catalán y español. Y el danés lo entiendo levemente. La culpa de todo esto la debe de tener mi madre amante y militante de la política y filóloga. Me encanta hacer yoga y pilates, disciplina que practico 2 o 3 veces a la semana desde hace 10 años. Beber un buen té, una buena conversación con amigos y el placer de estar sentado en un sitio donde haya silencio.

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